En esta bitácora personal, un poco de todo aquello que me define. Impresiones, expresiones, descompresiones. CF, fantasía, terror. Música. Vida. Y otras yerbas...

viernes, 16 de septiembre de 2011

El reto de los treinta libros: día 14 - Un libro que hayas odiado hace años y hoy admiras

Esta consigna se me hace difícil de cumplir a rajatabla, porque casi nunca le doy segundas oportunidades a los libros que no me gustan de entrada (lo que no debe hablar muy bien de mí como lector, supongo. O sí. Vaya uno a saber...)

Pero hay un libro de ciencia ficción en mi haber que casi encaja en la premisa. Se trata de "Un caso de conciencia", de James Blish. Con Blish -escritor norteamericano de la Edad de Oro de la CF anglosajona- me pasó algo extraño. Sólo leí dos cosas de él. Un cuento largo, llamado "Siglo de pleno verano", que es absolutamente sorprendente. Un flash. Y lo segundo, la novela antes mencionada.

"Un caso de conciencia" en su momento me pareció una novela floja, casi mala. Yo venía de leer cosas como "El fin de la infancia", de Clarke y "Crónicas marcianas", de Bradbury. Y lo de Blish me pareció un fiasco.

Les cuento apretadamente de qué va la historia, así entienden mejor el por qué mi inicial rechazo. La humanidad entra en contacto con una raza de reptiles inteligentes, habitantes del planeta Litina. En este marco, el prota -un cura, el padre Ruiz-Sánchez- viaja a tal mundo, ubicado a 50 años luz de la Tierra. Descubre que los reptiles no distinguen entre el bien y el mal, y que creen en la razón pura, lo que hace que Ruiz-Sánchez se autoimponga la misión de evangelizar a la especie. Esto de por sí ya resulta molesto. Pero todo va más allá. El cura arriba a la conclusión de que una sociedad en la cual las reglas -los mandamientos- no son necesarios, porque nadie los quebranta, debe ser forzosamente una creación del diablo. Llegado a este punto, ya me parecía ridículo el intento de Blish.

Uno de los reptiles decide entregar, como muestra de buena voluntad, a uno de sus hijos, un huevo que se está desarrollando, para que sea llevado a la Tierra. (Notan el paralelismo mesiánico, ¿no?.) Cuando crece, el emisario se transforma en un agitador que conmociona a la pacata sociedad terrestre del siglo XXI. Al mismo tiempo, los científicos descubren que la corteza de Litina es rica en minerales radioactivos que podrían estimular grandemente la industria humana.

Luego el cura, cansado de las barbaridades del emisario reptiliano, opta por exorcizar a Litina. O exorcizar al universo de Litina, mejor dicho. El desenlace -que no contaré, claro- me pareció decepcionante. En él se unen, casi casualmente, la oración de Ruiz.Sánchez y la explotación del suelo de Litina.

Ahora bien. Mucho tiempo después, releí la novela de Blish. Y descubrí que el dilema moral y religioso que él se animó a introducir en su historia -nada menos que en 1958- resultaba un planteo muy interesante, sobre todo a la hora de especular sobre la ética de una especie alienígena. Más me agrada ahora, que como escritor, gusto mucho de replantear las ideas religiosas desde el laboratorio de la CF. Y también pude ver que Litina es un mundo de la CF muy acabado, con un trabajo detallista en cuanto a ecología, sociedad, geografía y hasta astronomía.

Yo no diría que odié la novela. Ni tampoco diría que luego, al releerla, la admiré. Ambas posturas son  muy extremistas. Pero sí puedo afirmar que mi vínculo con este libro tuvo una dinámica similar. Como sea, recomiendo esta obra de Blish. Hoy pienso que es una de las mejores novelas de la Edad de Oro de la CF, cuyo nivel literario es tan desparejo.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

El reto de los treinta libros: día 13 - El primer libro que leíste en tu vida

Uh!!! Este ítem sí está difícil, porque no recuerdo con exactitud cuál fue el primer libro que leí. (Se ve que era olvidable...)

De chico era más bien un lector de comics, sobre todo de los de Disney, y de los de superhéroes (los de DC, editados en castellano por Editorial Novaro. Más tarde, en la adolescencia, empecé con Marvel, y me volví a asombrar...) 

También torceré la consigna de hoy, para no quedar en blanco. Pondré el primer libro que recuerdo haber leído.

En rigor, el primero que recuerdo es "Viaje al centro de la tierra", de Julio Verne, pero no cuenta, pues se trataba de una versión infantil resumida. (Sé que me dejó perplejo. De todos modos, no volví a frecuentar a Verne. Apenas alguna que otra adaptación al comic, como "20.000 leguas de viaje submarino")

Así que hoy el elegido es "La ciudad que no existía", de Philippe Ebly, un premiado escritor francófono de origen belga, famoso por sus novelas de literatura juvenil. El mencionado libro pertenece a la serie "Los conquistadores de los imposible", que consta de 21 novelas, de las cuales hay varias traducidas al castellano. En cada una de ellas, un grupo de amigos van atravesando distintas aventuras fantásticas o de ciencia ficción, plagadas de peligros y maravillas. "La ciudad que no existía" fue el primero que leí de esta serie (aunque en la saga es el octavo título). También quedé admirado con "Destino Uruapan", "El evadido del año II", "...Y los marcianos invitaron a los hombres" y "El relámpago que todo lo borraba".

El recuerdo de la trama argumental es borroso. Pero sé que la historia era atrapante. Los protas encuentran una caverna misteriosa que termina siendo la entrada a una civilización subterránea sorprendente: entre otras maravillas, en ella se usa el magma para iluminar; y unos seres enanos y peludos, producidos por clonación -similares a oseznos- que responden al nombre de Bruno, actúan como sirvientes siempre bien dispuestos. (Los ositos Bruno puden imaginarlos como híbridos entre un Umpa-Lumpa y un Ewok. O al menos yo siempre los visualicé de ese modo...)

La mejor de este recuerdo es que esos libros nunca me pertenecieron. Todos me fueron prestados, gracias a la biblioteca de 5º grado de la Deutsche Schule de Lanús Oeste, mi escuela primaria. Quien había tenido la feliz idea de la biblioteca fue mi señorita María Elena, una genial maestra. Cuando ella vio que en una semana había leído "La ciudad que no existía", me prestó los títulos antes mencionados, saltándose el cronograma de entregas.

Qué feliz se podía ser con un libro de ésos, y un par de horas para tirarse sobre el fresco suelo de mosaicos e irse a otro mundo.

El reto de los treinta libros: día 12 - Una biografía

Hace un año y medio, más o menos, mi vieja me prestó un libro que influiría radicalmente en mi ideología política, no sólo redireccionándola, sino -y sobre todo-, enriqueciéndola. Se trata de "Galimberti: de Perón a Susana; de Montoneros a la CIA", de los periodistas Marcelo Larraquy y Roberto Caballero. El libro es un trabajo de investigación impresionante, hecho mientras Rodolfo Galimberti vivía. Este polémico personaje -irritante, cuánto menos- es ineludible en la historia política argentina de los últimos cincuenta años. Hombre contradictorio y seguidor de una ética muy personal y acomodaticia, ética cuyo único fin era salir vivo de cada cinrcunstancia, y si fuera posible, bien parado también, aún cuando eso implicara renegar de los principios defendidos unos minutos antes. Fue miembro de Tacuara durante su adolescencia; fundador del JAEN; luego guerrillero devenido en Montonero, militando como cuadro inicialmente y luego como miembro de la cúpula dirigente; delegado de Perón más tarde, mientras el general permaneció exiliado en Puerta de Hierro; empresario trucho y artífice de fraudes millonarios durante la década del menemismo; lobbysta de multinacionales, coach de las fuerzas paramilitares antisionistas de Oriente Medio, y espía de la CIA, entre otras cosas.

Él fue participe del secuestro del general Aramburu, quien luego fue fusilado. De más está decir que este hecho cambió la historia del país para siempre, signando el tiempo terrible de la última dictadura militar, que se pronpodría eliminar la guerrilla. (José Pablo Feinmann, en su ensayo "Peronismo: historia de una persistencia argentina", dice que la historia argentina descansa sobte tres fusilamientos: el de Dorrego, el del general Valle y el de Aramburu.)

La lectura de la biografía de Galimberti se me hizo adictiva: en una semana y media devoré las 670 páginas. Creo que se debió a que me interesó saber qué sucedía en mi país cuando yo nací, en 1973, en plena vigencia de la guerrilla, durante el incipiente tiempo de muerte que se avecinaba. Y quise saberlo por mis propios medios. De golpe me había dado cuenta que habría bastado una nimiedad -como que mis viejos tuvieran algún libro sospechoso en su casa; o que alguien, azuzado por la tortura, hubiera chivateado sus nombres con tal de librarse de la picana-, para que yo hubiera nacido en la ESMA, o en algún otro centro de detención. O para que no hubiera nacido.

El libro abunda en detalles sobre la organización de Montoneros y el peronismo de izquierda; y da una visión bastante imparcial sobre la eterna y odiosa derecha del país, que sostiene su cipayismo, a veces solapado, a veces manifiesto. Con esta lectura, y con la del antes citado "Peronismo...", de Feinmann, siento que perdí la virginidad política. Descubrí que el país era -y había sido- otro, muy distinto del que me habían contado.

Enhorabuena. Ahora entiendo mejor la frase célebre de Bertolt Brecht: "El peor analfabeto es el analfabeto político No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. No sabe que el costo de la vida, el precio de los frijoles, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los remedios, dependen de decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales".

Desde que leí la biografía que ocupa la consigna de hoy, me siento menos analfabeto.

El reto de los treinta libros: día 11 - Un libro que te haya motivado a visitar algún lugar

Bueno, en esta ocasión haré trampa (Por primera vez en el desafío, ¿eh? Que quede constancia)

Digo que haré trampa porque interpretaré la consigna a mi modo. "Que te haya motivado a visitar algún lugar" no significa necesariamente que uno haya visitado tal sitio. Basta con que el libro haya provocado el deseo de conocerlo, ¿no?

Si puedo torcer la premisa así, entonces tengo un libro que me hizo suspirar durante mi adolescencia por un país: Canadá. Más especificamente, me estoy refiriendo a la región del Lago Athabasca, y a las provincias de Alberta y Saskatchewan, uno de los sitios más hermosos de Norteamérica, según dicen los viajeros conocedores.

El libro en cuestión es "El bosque en llamas", de James Oliver Curwood, escrito en 1921. Esta novela fue mi primer libro propio, el cimiento de mi biblioteca. Me lo regalaron a los catorce años, más o menos, y viví momentos maravillosos leyéndolo y releyéndolo.

"El bosque en llamas" es una de la grandes novelas de aventuras del oeste, con una marcada influencia de Jack London. En este caso, el prota es Carrigan, sargento de la Real Policía Montada del Canadá, que busca a un prófugo de la justicia, su némesis (o eso parece hasta el desenlace): Black Roger Audemard. La historia comienza con una emboscada que intenta hacer presa de Carrigan. Y desde allí en adelante, la acción no da respiro, pero siempre está salpicada de bellísimas  y platónicas descripciones de la región, de su fauna y flora; y de sus gentes, entre las cuales se mixturan franceses, negros, indios y americanos, mostrando así un mosaico de la sociedad norteamericana del siglo XIX. El climax de la historia -en la cual Carrigan no sólo encontrará a sus más acérrimos enemigos, sino que también hallará el amor- es maravilloso. Y ojo que no estamos hablando de una novelita: son casi 250 páginas.

Se nota que Curwood, estadounidense, era un amante del lugar del mundo donde había nacido, en Michigan, la región de Los Grandes Lagos, la zona limítrofe entre Estados Unidos y Canadá. Literalmente, él hizo que me enamorara de esos lugares, descritos por él con tanta gracia y maravilla. Por eso, cuando la catástrofe se desata -un vasto incendio-, uno se muerde las uñas mientras lee, y no sólo por los personajes. Desde la primera vez que lo leí, me dije que quería conocer el Lago Athabasca y sus bosques. Algún día... Pero igual uno viaja al leer, ¿no? Benditas las imaginaciones del escritor y del lector, que trazan puentes en el espaciotiempo.

"El bosque en llamas" ha sido para mí una lectura de ésas que te marcan definitivamente. Hace un par de décadas que no lo releo. Tal vez algún día regrese a la región de Athabasca. Hace mucho que no paseo por allí.

lunes, 12 de septiembre de 2011

El reto de los treinta libros: día 10 - Un libro con una pésima versión cinematográfica

Yo no lo tildaría de pésima, pero, siendo más que benévolo, diría que la versión fílmica de "Cementerio de animales", de Stephen King, es mediocre. A decir verdad, no creo haber visto una sola versión cinematográfica de las novelas de Stephen King que le haga honor, salvo la bendita excepción de "El resplandor", dirigida por mi amado Stanley Kubrik. Pero por alguna razón parece que a King le desagrada la particular interpretación de la historia que hizo Kubrik. O sea que la mejor, por lejos, de las películas que han sido inspiradas en alguno de sus libros es la que más le disgusta. Y bueno. No todo sale como uno desea.

La peli, dirigida por Mary Lambert, no está mal hecha. Es correcta. Bien actuada, con una fotografía decente, y hasta una buena banda de sonido. El único problema que tiene es que no descolla, cuando la novela es magistral, al menos según mi criterio.

Yo recuerdo que el libro (que me prestó mi maestra de Lengua y Literatura de 5º año, Santojanni, una grossa), me sacó el sueño por unas cuantas noches. Ni de día podía seguir leyendo, pero a la vez me moría de ganas por continuar. En cambio, la peli apenas me movió un pelo o dos.

Y eso es todo. No ando con muchas luces hoy, así que disculpen si esperaban más.

El reto de los treinta libros: día 9 - Un libro con una excelente versión cinematográfica

Hay varios. "La naranja mecánica" (Burgess/Kubrik); "1984" (Orwell/Radford, aunque tiene varias versiones cinematográficas, me quedo con la de éste); "Farenheit 451" (Bradbury/Truffaut); "Una mirada a la oscuridad" (Dick/Linklater); "¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?" (Dick/Scott); "El señor de los anillos" (Tolkien/Jackson).

Pero me quedo con "2001: una odisea del espacio", de Arthur Clarke (novela) y Stanley Kubrik (film). Hay una cuestión central en la genésis de esta obra que, para mí, es grandiosa e ineludible en la CF: guión y novela fueron escritos simultáneamente, a partir de un cuento de Clarke, "El centinela". Hecho que permitió que ambos formatos sean casi idénticos.

Poco puedo decir que ya no se haya dicho de este hito de la CF. Probablemente, el film esté entre los cinco mejores del género, y aún hoy sigue siendo tan actual como cuando se lo estrenó. Aunque no podemos afirmar lo mismo de la novela, es cierto. También hay que mencionar que, de la tetralogía literaria (2001, 2010, 2061 y 3001), la única que vale la pena es la primera. Las tres siguientes, si bien responden a muchos interrogantes planteados en la primera, son bastante decepcionantes, y se ve que sólo sirvieron a sir Arthur para seguir facturando. De todos modos me saco el sombrero: Clarke fue un gran escritor de CF, se quiera o no. No quiero olvidar la versión cinematográfica de "2010: odisea dos", de Peter Hyams, llamada "2010: el año que hicimos contacto". No es mala. Pero no me enloquece.

¿Cómo olvidarse de Hal 9000? ¿Y del ente Dave Bowman? ¿Y de la Discovery? ¿Y del Monolito? ¿Y de la escena inicial, con los homínidos y Moonwatcher? ¿Y de "Así habló Zaratustra", de Richard Strauss? Imposible.

Con la peli me pasó algo muy fuerte, desde la infancia. Mi padre fue a verla cuando se estrenó en Buenos Aires. La única peli de CF que vio en su vida. Y le gustó tanto que se compró el long play de la banda de sonido. Yo crecí oyendo maravillas de la película. Y cierto día, él sacó del sobre el preciado disco de vinilo, y lo puso en el tocadiscos Ranser. ¡Si habré pasado hipnóticas horas escuchando el terrible soundtrack de la peli, en un living a oscuras, tan sólo mirando la lucecita roja del viejo tocadiscos! Después que no digan que los padres no influyen en la formación musical de los hijos, muy psicodélica, en mi caso. Recuerdos inolvidables...

Obviamente, tengo la peli, en un par de versiones. (La debo haber visto decenas de veces.) Y la tetralogía completa. Y el soundtrack. Uno se hace fan, ¿vio?

domingo, 11 de septiembre de 2011

El reto de los treinta libros: día 8 - Un libro para leer por fragmentos

Para mí, el libro ideal para leer en forna fragmentaria es la Biblia. Entiendo que muchos no compartan este gusto mío, lo cual es comprensible. Pero lo interesante de leer la Biblia (y sospecho que es lo mismo para cualquiera de los textos sagrados), es practicar eiségesis y no exégesis, (que es el método que -según se dicey enseña- debe utilizarse para desentrañar los pasajes.) Ambos conceptos se contraponen, claro. Definamos rápidamente en qué consiste cada uno, así todos sabemos de qué hablamos: la exégesis es el proceso mediante el cual un exégeta extrae el significado de un texto dado. Se supone que la exégesis pondera, por sobre todas las cosas, la objetividad. Por otro lado, la eiségesis propone una visión subjetiva: literalmente, eiségesis significa "insertar interpretaciones personales en un texto dado", lo cual habla de una supremacía de lo subjetivo.

Desde luego, la mayoría diría que un texto sagrado no debería estar sujeto a interpretaciones subjetivas. Yo opino lo contrario. Las interpretaciones objetivas son determinadas, en la mayoría de los casos, por las instituciones religiosas -de cualquier índole-, y esas interpretaciones terminan siendo directrices que buscan controlar y mantener el status quoLutero, cuando inicia la búsqueda espiritual que lo llevará a iniciar el proceso que desatará el Cisma, descubre que la Biblia es infinitamente más rica y eficaz cuando se la mira a través de la subjetividad del individuo.

Cuando uno se acerca a un texto pretendiendo ayuda espiritual, no debe hacer a un lado su estado anímico, sus dudas -que, lejos de ser enemigas de la fe, son excelentes catalizadores de ella-, su realidad, su cosmovisión. Por el contrario, un texto sagrado tiene la capacidad de reflejar -por una necesidad de identificación simbólica, de reflotar esos íconos arquetípicos y polisémicos que bullen dentro de nosotros desde que nacemos, y que traemos por herencia-, lo que nos pasa. Entiendo la eiségesis como ver lo que me sucede, lo que me pasa, y buscar qué tiene el texto sagrado para decirme al respecto. Si mi fe no habla de mi realidad, no me da respuestas o explicaciones, si no me brinda momentos de revelación -momentos de insight, diría un freudiano-, ¿para qué me sirve?

Particularmente, me gusta contrastar distintas versiones  y traducciones. (No me agrada mucho la Reina Valera, revisión 1960, que, en algunos aspectos, es muy maníquea: su traducción contiene errores que responden a las directrices que mencionaba antes, emanadas de los malditos concilios y las terribles bulas y dietas. Una muy recomendable es la Nueva Versíón Internacional, más moderna. Y una antigua, que es bastante fiel a los manuscritos originales, es La Biblia de Jerusalén.)

Un libro que recomiendo para entender con mayor claridad la necesidad de la eiségesis es "El libro de Enoch y otros evangelios apócrifos", de Daniel Jazar. Una interesante obra que recopila y exlica el surgimiento de muchos de los libros que quedaron fuera del canon. Justamente lo que llama la atención es que, en su inmensa mayoría, estos textos fueron tildados como "apócrifos" porque se escribieron por la necesidad de nueva revelación, en aras de la escasa o nula identificación del pueblo con la interpretación oficial que las instituciones hacían del Pentateuco, las cuales eran funcionales al poder de turno (como hoy sigue sucediendo.)

Para cerrar, doy un ejemplo de cómo me gusta leer la Biblia, e interpretarla:

Proverbios 22:15 dice: "La necedad está ligada en el corazón del muchacho; más la vara de la corrección la alejará de él." ¿Cuántas veces se han usado las múltiples referencias que la Biblia hace de la vara para justificar el castigo físico? Una reverenda idiotez, ya que la vara, en todas y cada una de las veces que es mencionada, alude a la figura del tutor de las vides u otras plantas, el palo que era atado a sus troncos para impedir que crecieran torcidas. La sabiduría para vivir es como un tutor que uno debe dejarse colocar para no torcer el camino y así no perder tiempo.

No es lo mismo, ¿no?

jueves, 8 de septiembre de 2011

El reto de los treinta libros: día 7 - Un libro divertido

Me vinieron a la mente varios libros al ver la consigna del día 7: "Job: una comedia de justicia", de Robert Heinlein (del cual escribí una reseña para Forjadores); "Universo de locos" y "Marciano, vete a casa", ambos de Fredric Brown; "Historias de cronopios y famas", de Julio Cortázar; y por último, "Trueque mental", de Robert Scheckley.

Hoy me quedo con el de Scheckley. "Trueque mental" es una novela de ciencia ficción casi desopilante. En ella se describe un futuro en el cual la forma más barata de vacacionar en otro planeta es intercambiar cuerpos con un alienígena. De esta manera uno puede alojar su mente en el cuerpo foráneo por un período de tiempo predeterminado, y disfrutar así de la vivencia de apreciar otro mundo con los sentidos de un nativo.

Es así como Marvin Flynn, el prota, decide que necesita traer variantes a su aburrida y cómoda vida, e intercambia cuerpos con un marciano de buena reputación, tal como figura en la base de datos de la agencia que presta el servicio: Agentes Otis, Blanders & Klent.

Una vez realizado el trueque, Flynn descubre que no le habían mentido: el cuerpo marciano de destino es sano, y los marcianos lo reciben estupendamente. Todo parece ir bien, salvo un detalle. El marciano que está usando su cuerpo en Nueva York es un estafador muy buscado por la justicia, que usa cuerpos ajenos para delinquir. En ese punto empieza la más delirante de las aventuras para el protagonista, que es forzado a abandonar el cuerpo que alquiló, y se ve obligado a tratar de conseguir cuerpos de seres de mundos lejanos hasta tratar de recobrar el suyo. Este esquema argumental le sirve a Sheckley para narrar situaciones que rayan en el absurdo.

Hay quienes dicen que la segunda mitad del libro pierde la frescura inicial, y que en ella se desdibuja la idea central. En cambio, yo veo que la suspensión del vertiginoso cambio de cuerpos y escenarios del comienzo da lugar a un hilarante elenco de personajes estrambóticos que desgranan un montón de teorías alocadas para explicar lo que le sucede a Marvin. Así, en la segunda mitad del libro hay diálogos muy graciosos. Por ejemplo:

"-No entiendo -le dijo Marvin a Valdés un rato después-. ¿Por qué todas estas personas me encuentran? No parece natural.
-No es natural -le aseguro Valdés-. Pero es inevitable, lo cual es mucho más importante.
-Quizá sea inevitable -dijo Marvin-. Pero también es sumamente improbable.
-Es verdad -convino Valdés-. Aunque nosotros preferimos llamarlo una 'probabilidad forzada', lo cual alude a un complemento indeterminado de la Teoría de la Búsqueda.
-Me temo que no entiendo -dijo Marvin.
-Bien, es bastante sencillo. La Teoría de la Búsqueda es una teoría pura; lo cual significa que en el papel funciona siempre, sin refutación inimaginable. Pero una vez que tomamos lo puro e ideal e intentamos realizar aplicaciones prácticas, nos topamos con dificultades, y la principal es el fenómeno de la indeterminación.. Por decirlo del modo más sencillo, lo que sucede es lo siguiente: la presencia de la teoría interfiere con el funcionamiento de la teoría. La teoría no puede tener en cuenta el hecho de su propia existencia.. Idealmente, la Teoría de la Búsqueda existe en un universo donde no hay Teoría de la Búsqueda. Pero en la práctica, que es lo que aquí nos interesa, la Teoría de la Búsqueda existe en un mundo donde hay una Teoría de la Búsqueda, lo cual produce lo que llamamos un efecto de 'reflejo' o 'duplicación'. Según algunos pensadores, existe el peligro de una 'duplicación infinita', por lo cual teoría se modifica a si misma sin cesar de acuerdo con previas modificaciones de la teoría por parte de la teoría, llegando al fin a un estado de entropía donde todas las posibilidades tienen el mismo valor..." 

Y así, encontramos un juego de numerosos sofismas y paradojas, todos concatenados de tal modo que la "ciencia" se halla en condiciones de asegurar que Marvin hallará su cuerpo y resolverá cada una de las contingencias que se le presentan en su aventura. Pero siempre por alguna razón la misma "ciencia" falla, y justificadamente, según algún nuevo razonamiento que anula una y otra vez le esperanza que el protagonista se fue forjando.

Mi ejemplar, editado dentro de la colección "Mundos imaginarios", de Plaza y Janés Editores, viene prologado por Brian Aldiss, lo cual le suma puntos extra a este libro hilarante.

Si lo leen, estoy seguro de que no los decepcionará. Aunque más seguro estoy de que no los decepcionará si no lo leen, porque idealmente el libro perfecto es El Libro Que Nadie Leyó Nunca, lo cual nos llevaría a deducir que tal libro, el libro perfecto, existe en un universo donde no hay lectores, pero donde sí hay escritores. Inmediatamente nos preguntamos: ¿para qué diablos habría escritores en un universo en el que no hay lectores? Y eso sólo sí conviniéramos en que tales escritores no sólo práctican su oficio sin persegur fin alguno, en balde, sino que también son escritores que no leen lo que escriben, a fin de no convertirse en lectores. (El lector es la antipartícula del escritor.). Allí, por lo tanto, no debería existir la reescritura, porque la reescritura implica lectura y relectura; y porque, como el supuesto fin de la reescritura es perfeccionar un texto, estaríamos frente a un absurdo: tratar de perfeccionar Un Libro Que Nadie Leerá Nunca es innecesario. Además es imposible perfeccionar lo perfecto. Por otra parte, el intento de perfeccionarlo ya lo sumiría en la imperfección, pues implica el deseo de que sea leído, lo cual haría que una potencial decepción del lector fuera probable...

(Ja. Podría seguir y seguir. ¡Mierda que es divertido tratar de emular a Sheckley! Aunque los resultados no sean los mismos, claro)

miércoles, 7 de septiembre de 2011

El reto de los treinta libros: día 6 - Un libro de un Nobel

Acá me fue un poco difícil elegir. Y no porque tenga leída una chorrera de libros de autores premiados con el Nobel. Sucede que no fue sencillo para mí decidir entre dos de los tres autores -únicos tres-, en mi haber que cumplen con el requisito de la consigna de hoy: Albert Camus, Hermann Hesse y Ernest Hemingway. Del primero de este gran terceto, leí "La peste", una novela muy bien escrita, pero que me costó mucho terminar de leer. Del segundo leí varios libros. Los que más me impactaron son "Siddartha", "Demian", "El lobo estepario""Narciso y Goldmundo". "Demian" me pareció fabuloso, y "El lobo estepario" me voló la cabeza. Hesse es para leer a finales de la adolescencia, cuando uno necesita corroborar que sentirse solo, maldito e incomprendido es algo que suele sucederle a todo el mundo.

De don Hemingway sólo leí "El viejo y el mar". Mi elección se debatía entre este libro y alguno de Hesse. Pero cuando entendí que esta novela no me pareció fabulosa, ni me volo la cabeza, sino que había sido mucho más que eso en mi vida, me dí cuenta que tenía resuelto el dilema.

Lisa y llanamente, "El viejo y el mar" me conmovió hasta las lágrimas. Nunca había leído un libro que me provocara tal cosa, y que además lo hiciera con una prosa tan sencilla y a la vez tan profunda. (Recuerdo que lo terminé en un día, pero no de una sentada, por eso no entró en el día 1.) Y dífícilmente pueda decir que algún otro libro haya causado lo mismo en mí. La novela de Hemingway -triste y desoladora, pero también esperanzadora, con esa esperanza que se advierte bullir en el aire al finalizar una tormenta terrible, cuando el tímido sol se abre paso a través del cielo lavado para secar las gotas de las hojas y evaporar la humedad de las baldosas-, me llegó al corazón, y me cambió para siempre. Siempre me pregunté qué clarividencia del mundo y del espíritu humano uno tiene que alcanzar para poder escribir una obra como ésta, que terminó transformándose en una de las más importantes de la literaura contemporánea.

Por eso mi elección para el día 6 es "El viejo y el mar".

Desde luego que no pienso contar ni un ápice de la historia. ¡Léanla! Vale la pena.

(Gracias, Ernest. Te debo mucho.)

martes, 6 de septiembre de 2011

El reto de los treinta libros: día 5 - Un libro de viajes

Para el día 5 mi elección es "El día de la creación" de J. G. Ballard. (Hoy no tengo tiempo ni ocurrencia para los preámbulos ingeniosos, así que ni modo.)

Ballard es un tipo que no merece presentación. Según mi manera de verlo, es el equivalente a nuestro Borges en la literatura inglesa (aunque Christopher Priest también es digno de tal parangón.) De alguna manera, en gran parte de la obra de Ballard está implicito el tema del viaje, encarado, básicamente, de dos formas. En primer lugar, tenemos el traslado geográfico y espiritual, de tipo iniciático, (aunque el "camino del héroe" ballardiano se torna denso y surreal, una travesía donde el héroe casi nunca vence a sus demonios, sino que más bien sucumbe a ellos, y en esa rendición pareciera haber alguna clase de autodescubrimiento redentor.) Y en segundo, la involución, mostrada como un proceso de retroceso del tiempo, de las formas de vida, del clima, y del bioma en general; y en la degradación o envejecimiento de las cosas; involución cuyo correlato en los personajes se da como un proceso interno y entrópico de regresión fisiológica y mental, en una suerte de embudo que casi siempre los lleva a alguna forma de locura o enajenación. Es muy interesante ver en las novelas o cuentos de Ballard como el escenario va mutando junto con los personajes.

En general, aquí podemos ver que el conflicto existente entre personaje y entorno, que toda buena ficción debe mostrar con maestría, no sólo es del clasíco tipo opositor. O sea, el personaje no sólo lucha contra el ciego Universo que degenera, sino que también lucha consigo mismo porque sabe que lo que pasa afuera puede revertirse desde adentro. O, cómo mínimo, explicarse.

Este esquema puede verse  en novelas como "En el mundo sumergido", "El mundo de cristal" y "La sequía"; y en relatos como "El hombre iluminado""Las voces del tiempo".

"El día de la creación" combina los dos tipos de viajes, y eso que no es una novela de CF. Una muy apretada síntesis sería ésta:

En Africa Central, en Port-La -Nouvelle, el doctor Mallory, médico de la OMS, trata de encargarse de la dirección de una clínica, en medio del conflicto entre la guerrilla local y las fuerzas militares del gobierno dictatorial de turno. Cuando la lucha armada arrasa con toda la región, que sufre constantemente la sequía, Mallory y los sobrevivientes se abocan a la reconstrucción. En su fervor humanitario, Mallory troca la medicina por una repentina y entusiasta afición por la hidrografía: al arrancar las enormes raíces de un árbol, desata las corrientes subterráneas de un acuífero desconocido, y decide abocarse a planificar el riego de la zona. Las aguas inundan todo el yermo y constituyen un río que trae vida y esplendor a la región.

¡Y entonces empieza el viaje! Porque Mallory termina obsesionándose con el río, al que los lugareños bautizan con su nombre. Es su río. Un río que es él mismo. Y decide robar una embarcación al capitán de la milicia para navegarlo, corriente arriba, a fin de descubrir su naciente. En ese difícil raid, deberá evitar a los militares que quieren recuperar sus pertenencias, ubicadas a bordo de la lancha; lidiar con un documentalista amarillista que pretende aprovecharse de la situación; soportar a las viudas de los guerrileros muertos, que buscan venganza; y enfrentarse a las sensaciones punzantes, (a veces paternales, y a veces de un tono erótico suarrelista y freudiano) que una y otra vez despierta en él Noon, una guerrilera adolescente, que empieza como polizonte pero termina como compañera de periplo.

El viaje es hipnótico. El libro de Ballard es muy bueno. Escribía muy bien, el desgraciado.

Encima, tengo gratísimos recuerdos de la época en la que lo leí: cada vez que terminaba de dar clases en el colegio, iba a almorzar a un restaurant ubicado en Beiró y Gualeguaychú, en Villa Devoto. Y mientras devoraba con avidez un "plato del día", al lado de la ventana a través de la cual me bañaba la luz de un sol otoñal, viajaba junto al doctor Mallory hacía la fuente del río, hacia el punto cero, la matriz, el final del arcoíris. 

domingo, 4 de septiembre de 2011

El reto de los treinta libros: día 4 - Un libro que le gusta a todo el mundo menos a ti

Para ser objetivos en esta categoría hay que tener en cuenta algunas variables. (¿Qué esperaban? ¿El título del libro así nomás, sin ninguna digresión? Qué aburrido. Se sabe que soy un buscador compulsivo del pelo en el huevo, y de la quinta pata del gato también.)

En primer lugar, cuando decimos "todo el mundo" se supone que sólo estamos hablando de los conocidos, del círculo de lectores que nos es próximo, ¿no? Porque aquí hay una cuestión que puede modificar la elección. Si el grupo de lectores que nos es afín va creciendo, también aumentan las probabilidades de encontrar a algun otro que -al igual que nosotros-, odie, deteste, aborrezca y difame a voz en pecho al famoso libraco o librito que hace las delicias de El Resto Del Mundo. (El cual, obviamente, se ha complotado contra nosotros en una conspiración de proporciones internacionales.)

En segundo lugar, hay que tener en cuenta que no todos los lectores pertenecientes a ese círculo tal vez tengan el mismo valor que uno como para decir así como así que el celebérrimo "Las guampas del capitán Bazterrica", de Isidoro Montiel Schwanberger -por decir algo-, es una verdadera mierda. Mucha gente dirá que le gusta, aunque no sea así. O peor aún: lo dirá sin haber terminado su lectura. O (y ya sin posibilidad alguna de redención), tal vez lo jurará sin siquiera haberlo leído. (Y creo que acá nadie escapa: todos, por lo menos una vez, hemos mentido respecto de la lectura un libro. Por presión. Por temor a ser avergonzados. O por no ligar una mala nota: en la escuela todos lo hemos hecho, seguro...)

Y en tercer lugar, un buen lector, uno que de verdad se que se precie como tal, sólo podrá afirmar que un libro no le gusta luego de haberlo leído todo, todito, todititito. De lo contrario, sería como mi hija Micaela cuando afirma que le bastó mirar un tomate para saber que nunca habrían de gustarle los tomates, aunque le fascina la pizza. O peor aún: cuando ella asegura (gracias a algún tipo de presciencia a lo Alia Atreides, supongo) que toda la comida de color verde posee un sabor que no le agradará de ningún modo. 

Hechas estas consideraciones (insoslayables, creo) me creo listo para anunciar el libro elegido en este ítem, uno que -por lo menos hasta ahora- cumple con las tres condiciones: "Crónica de una muerte anunciada", de El Gabo: Gabriel García Márquez.

Tuve que leerlo en la escuela secundaria y me costó una gónada y media terminarlo. (Claro, no me quedaba otra: no podía poner en juego mi reputación de alumno 'traga' -nerd-, sobre todo en Lengua y Literatura.)

De qué va la historia, la verdad ni me acuerdo, a Dios gracias. Sólo recuerdo que todo el mundo parecía saber algo que el prota no (que iba a morir, supongo.) Y esa forma de contar una historia me aburrió mortalmente. De El Gabo lo que único que me gustó es lo que muchos dicen que es lo más flojito de su obra: "Relato de un náufrago", tal vez porque se trata de una crónica periodística y no de una ficción.

Para realismo mágico, déjenme con Alejo Carpentier, por lejos, aunque sé que más de uno me dirá que él no escribe realismo mágico, sino alguna otra cosa similar, con algún nombre por el estilo. (Qué vivos, si vamos a hacer una categoría por cada escritor, para qué diablos categorizar, ¿no?)

Y por último pido disculpas a los oriundos de Macondo, che. No es por ningunearlos. Pero espero que me entiendan.

Ah, me olvidaba. Me gustó mucho lo de "Las guampas del capitán Bazterrica", de Isidoro Montiel Schwanberger.  Una ocurrencia así sólo viene en medio de un ataque de inspiración. Acepto colaboraciones para escribir esta -por ahora- ficticia obra de ficción, de un autor tan estrafalario, argentino de origen austríaco, como lo era Montiel Schwanberger. ¡Ya me veo posteando entradas en el blog con fragmentos de este tour de force de la literatura hispanohablante!

El reto de los treinta libros: día 3 - Un libro que sea un placer culposo

Tercera consigna, bastante peliaguda. A lo que me remite primeramente es a lectura prohibida. A esos libros que, durante la preadolescencia -cuando uno era una bolsa de hormonas revueltas y picantes-, yo quería hojear furtivamente, porque había descubierto que en sus páginas era probable encontrar alguna escena de sexo. Entre ellos puedo mencionar "Trópico de Cáncer", de Henry Miller; y algún otro que había en la biblioteca de mi vieja. (A los Trópicos los leí ya grandecito, y no hubo tal sensación pecaminosa. Así que no cuentan.)

Sin embargo, respecto de esta cosa de lo prohibido, el recuerdo más intenso que tengo es de un fanzine argentino, Otros mundos, editado por Horacio Moreno, Daniel Bugallo y Juan Etchegoyen. En el nº 2 del mismo figura mi primera publicación, lograda a mis tiernos y fervorosamente cristiano-protestantes 17 añitos: una ilustración para el cuento "Muerden", de Anthony Boucher. Pero en el nº 1... ¡Mamma mía! En el nº 1 había un cuento del mencionado Etchegoyen, ilustrador y escritor, titulado (si mal no recuerdo) "Los sueños de Marta", presentado en el índice como "mera pornografía" (sic.) Una space ópera en el que una astronauta no puede dejar de tener sueños eróticos. Y la computadora de la nave -que escucha pacientemente sus relatos oníricos-  decide satisfacerla creando algunos engendros cibernéticos plurimembres (soy claro, ¿no?). Se imaginarán los dibujos que acompañaban a ese relato... De más está decir que los ratones de mi cabeza no corrían, sino que se teleportaban a velocidad luz.

Pero es un fanzine, y tampoco cuenta, aunque haya releído ese cuento mil veces, je.

El libro que elijo para el día 3 es  "Sybil", de Flora Rheta Schreiber. Yo debería andar por los ventitantos años cuando llegó a mis manos esta terrible ficción que muestra la historia de Shirley Ardell Mason, la paciente de Trastorno de Identidad Disociativo más famosa del mundo, al menos hasta hoy. En la novela, ella es mostrada con el falso nombre de Sybil Dorsett. El libro inspiró dos películas, ambas llamadas Sybil, también: la primera, de 1976, protagonizada por Sally Fields; y la segunda, de 2007, con Jessica Lange.

¿A qué se debe el placer culposo? Pues al morbo que me causaba enterarme de la seguidilla atroz de terribles abusos sexuales y castigos físicos sufridos por la protagonista, especialmente a cargo de su madre, Hattie Dorsett en la novela, Martha Alicia Mattie Hageman, en la vida real. Hageman fue declarada esquizofrénica, y se supone que los maltratos con los que regó la infancia de su hija propiciaron su trastorno disociativo (Según la novelista, en los archivos de Cornelia Wilbur -la psiquiatra freudiana que atendió el caso-, Shirley Mason llegó a desarrollar 16 personalidades, incluso dos de las cuales eran identidades masculinas...)

Los abusos sufridos por Shirley Mason incluían desde el mero abuso sexual por parte de su madre (por lo cual esa incestuoso y homosexual); castigos físicos con objetos; enemas; penitencias consistentes en permanecer atada a una silla en una habitación oscura; sometimiento a escena primigénea (contemplación del coito practicado por los padres) durante nueve años (ya que ella durmió hasta esa edad en la habitación de sus padres); exposición a orgías de lesbianismo organizadas por su madre... Una lista bastante negra que muestra de cuánta crueldad y desamor somos capaces los seres humanos. Como victimarios que alguna vez fuimos víctimas y luego replicamos en otros -consciente e inconscientemente- el dolor que no supimos exorcizar a tiempo.

A esta altura, cabe aclarar que yo no tenía idea del contenido perturbador del libro. Pero una vez que lo empecé, no paré hasta terminarlo, lo que me llevó, más o menos, tres días. Lamento si alguno se ofendió al descubrir mi vena morbosa. Pero lo cierto es que la tengo, como todos ustedes, hipócritas... Je. Hablando en serio, una irresistible tentación me hacía devorar sus páginas, al mismo tiempo la culpa me mordía también, a causa de las perversas imaginaciones que el libro despertaba en mi.

Con el tiempo descubrí que la historia novelada de Shirley Mason se ha tornado controversial, al ser revisada por otros terapeutas que aseguran que Wilbur trataba de inducir a su paciente a creer y declarar que tenía múltiples personalidades, para satisfacer a los editores de la novela, que al parecer ya habían visto un jugoso filón en el asunto. Y cómo los archivos están sellados por alguna jodida disposición judicial, y tanto Wilbur como Mason están muertas, quién sabe a ciencia cierta cuánto había de real en el trastorno y cuánto de exageración novelesca y amarillista para azuzar el morbo de los lectores. (Al fin y al cabo esta novela puede haber sido producto de una genialidad del marketing editorial y no de un descubrimiento de la psicoterapia... Lo que no me sorprendería para nada)

El reto de los treinta libros: día 2 - Un libro que demoraste en leer

Supongo que han de ser varios. Lo complicado de esta consigna -elegir un libro que uno haya demorado mucho tiempo en leer-, reside, justamente, en que casi todos ellos han resultado libros olvidables, así que casi no sabría qué poner en el día 2. Aunque hay uno que recuerdo ahora, y que probablemente no sea el que más tiempo me llevó terminar, pero que sí me demandó un esfuerzo magnánimo para llegar hasta el final. Casi diría que lo terminé por amor propio. Y estoy seguro que éste fue el último libro que leí como una autoimposición. Quiero decir: ya no leo más nada que no me cause placer y me atrape, aunque sea medianamente. Prefiero abandonar. (Que nadie se rasgue las vestiduras. Ahora el tiempo vale más que cuando uno era adolescente y el estomago literario se tragaba cualquier cosa, y todo sabía maravilloso...)

¿De cuál libro estoy hablando? De "Heliconia primavera", de Brian Aldiss. Vuelvo a reiterar, para quien aún no lo sepa, Aldiss (léase "Oldis") es un escritor al que le pongo garra cuando lo leo. Dios sabe que lo intento. Y no siempre salgo decepcionado, pues muchos de sus cuentos son buenos, y algunos muy buenos (varios de los de "Galaxias como granos de arena", por ejemplo.)  Pero él es uno de esos casos que se resumen con el axioma  que dice que pocos buenos cuentistas son también buenos novelistas.

Aunque mentiría si dijera  que ninguna de sus novelas me gustó. "Frankenstein desencadenado", que para muchos es infumable, a mi me agradó bastante. "A cabeza descalza" no la leí (y algunos me aseguran que es muy buena, mientras otros me dicen que no pierda el tiempo.) E "Informe sobre la probabilidad A" es uno de esos libros que empiezo cada seis meses, pero de los cuales no paso de la página tres o cuatro. 

Pero lo que nos interesa aquí es "Heliconia primavera". El primer volumen. (Claro, porque se trata de una triología de trisquichicientas páginas, para colmo. Obviamente, luego de haber terminado el primero, ni siquiera intenté mirar las portadas de los tomos II y III: Verano e Invierno.) Yo creo que finalicé la novela, sobre todo, porque mi esposa Vivi me la regaló, y no quería defraudarla, pues sé que ella se toma muy en serio el hecho de obsequiarme un libro de CF. No es muy conocedora del género y por eso averigua todo lo que le es posible antes de elegir, indaga, investiga. Pregunta a los libreros y a mis amigos. Y a veces me regala cosas que me fascinan. Pero en ocasiones no da en el blanco.

Ah, claro. Están esperando que les diga de qué va la historia. Pero es que casi no me acuerdo, je. Aquí va mi remembranza entre las nieblas dolorosas de una lectura pesada y farragosa: se trata de un mundo ubicado en un sistema estelar binario, cuya circunvalación alrrededor de sus estrellas es inmensamente larga. En ese lapso -de miles de años trerrestres-, el planeta pasa por instancias climáticas extremas. Las estaciones duran siglos enteros. Y debido a estas circunstancias excepcionales, la vida en él, puede desarrollarse y acabarse en un sólo año. Con cada resurgimiento, en primavera, las especies dominantes van descubriendo los vestigios de la civilización anterior. Y comienza una evolución que culmina con el desarrollo precientífico. Encima, tenemos una estación de observación de una especie ajena (los terrestres, je, ¿quiénes si  no?) que, a escondidas, contempla y retransmite a los auditorios de la Tierra los avatares de los heliconianos.

El marco es impresionante, sí. Pero la historia no existe. En semejante decorado, con ésta idea casi brillante (vamos, que hay que reconocerle a Aldiss que preanunció el concepto de reality show), el autor sólo logra plasmar algún que otro personaje más o menos interesante. Los vínculos son acartonados. Los diálogos, aburridos.

Intentado describir con sumo detalle la fauna y flora del ecosistema heliconiano, creo que Aldiss quiso escribir su "Dune", pero no le salió. Como cuando C.S. Lewis intentó ponerse a la altura de Tolkien y "El señor de los anilllos" con su Trilogía de Ransom (y falló, claró está).

Y verificamos una vez más otro axioma, el que dice que cuando un buen cuento se alarga para ser convertido en novela, generalmente el resultado es malo. Digo esto porque "Heliconia primavera" nace de un cuento de su autor, "Criaturas del apogeo", que es muy bueno.

De todos modos les aconsejaría que lo leyeran, porque cada lector es un mundo, tan vasto y complejo como Heliconia. Y porque la sincronicidad entre el autor y el lector es una circunstancia tan etérea que casi diría que responde al azar.

viernes, 2 de septiembre de 2011

El reto de los treinta libros: día 1 - Un libro que leíste de una sentada.

Según recuerdo, hay tres libros en mi haber que leí de una sentada. Durante la noche, los tres, sin parar hasta el amanecer, a la luz del velador. Uno fue "El despertar de los lobos", de Whitley Strieber; el segundo, "La isla del tesoro", de Robert Louis Stevenson; y el tercero, "El planeta de los simios", de Pierre Boulle. Me ocuparé de este último, porque es, entre los tres, mi favorito, por lejos.

Desde luego que si un libro nos pone a leer sin parar hasta llegar a la contratapa, es porque estamos ante un autor cuya gran virtud es la de atraparte. Una buena historia, personajes fuertes con los cuales nos identificamos rápidamente, una prosa sencilla pero digna y una perfecta combinación de precisas dosis de acción, diálogo y descripción, (recordemos que en las buenas novelas los personajes siempre piensan, sienten, dicen y actúan: no puede haber desbalance entre estos pilares), podrían ser algunas de las características que definen esta virtud de raptar al lector, de abducirlo,a tal punto de que no le importe posponer lo que haya que posponer: una noche entera de sueño, en mi caso. Uno siente como que se largó por un tobogán, del que no hay modo de salir que no sea llegando a la última página.

"El planeta de los simios" tiene todas estas cualidades maravillosas. Si me apuran, hasta diría que es una de las grandes novelas de CF del siglo XX, ubicada sin dudas entre las cien mejores. Y no hablemos del final: una de las más ingeniosas vueltas de tuerca que conozco.

La historia ya es conocida por todo lector asiduo al género. Aunque me permito hacer un comentario que tal vez resulte polémico: no creo que ninguna versión fílmica le haya hecho justicia, sobre todo (y entre otras cosas) porque ninguno respetó a pìes juntillas el final de Boulle, que, con mucho, es mejor que el de cualquiera de los guiones. Ni puedo rescatar la versión de Tim Burton. Aunque hay que reconocer que el primer film, de 1968, protagonizado por Charlton Heston (el "elegido" para las distopías del cine de los 70's: él también aparece en "Soylent Green" y en "El hombre omega"), que luego dio pie a la serie, se deja ver, es cierto. (Pero no me atrevo a opinar de la precuela estrenada recientemente, o sí: no vale ni el balde de pochoclos con el que se podría justificar el hecho de ir a verla.)

Así que, les ruego, a quienes no han leído el libro: no se queden con el celuloide, pues las pelis, francamente, no llegan, ni siquiera, al talón de la novela. Lean el libro, please, que lo pasarán bárbaro.

martes, 8 de septiembre de 2009

El cumpleaños de Axxon y un grato recuerdo


Axxon cumple 20 años y lo festeja con un super especial número 200 que promete ser de re-chupete. Así lo asupician el editorial de Eduardo Carletti, las Ficciones Breves ganadoras de la Convocatoria que en su momento había hecho la revista (primeros premios y finalistas); "La canción de Maguerra", novela de Alejandro Alonso; y las Cartas axxonicas, que en este antólogico número, lógicamente, destilan una honda emoción y conjuran una multitud de recuerdos muy atesorados, de puño y letra de cada uno de los axxonitas que los protagonizaron.

Bastan las lecturas del editorial y de este especial Correo de Lectores para descubrir cuánta historia hay detrás de veinte años, cuántos sueños concretados, cuántas metas aún pendientes, y cuánta fidelidad y amistad, que fueron los cimientos firmes sobre los cuales prosperó el trabajo.

Yo también envié mi humilde misiva. Y allí expreso cuánto significa Axxon para mí, y cómo fue que la descubrí. Menciono que lo maravilloso de ese tiempo se debió a una sumatoria de experiencias iniciáticas, ya que, junto con la revista, también conocí la Fundación Ciudad de Arena donde Eduardo Carletti y Alejandro Alonso dictaban el taller "Construcción de Universos". Allí comencé a aprender cómo escribir, a entrenarme para poder trasladar mis ideas de la cabeza o el alma al papel.

Al mismo tiempo que la actualización de Axxon (y curiosamente), Alejandro Alonso escribió un artículo, "El semillero de la CF argentina", en su columna en Literatura Prospectiva, que versa sobre la labor y los frutos de los talleres literarios, tanto presenciales como virtuales, entrevistando a cuatro escritores argentinos muy, pero muy buenos: Laura Nuñez, Germán Amatto, Ric Giorno y Hernán Dominguez Nimo, de los cuales, los últimos dos son amigos. La nota está ilustrada con algunas fotos. Y entre ellas se halla esta imagen que me trae hermosos recuerdos:

Aquí estamos en el taller "Construcción de Universos", edición 2005. Eduardo está parado en el fondo. En el extremo derecho de la foto se encuentran Hernán Dominguez Nimo y Marcelo Eugenio Shulman. Yo luzco una camisa rosa que ya pasó a mejor vida. (Me perdonarán, pero no recuerdo los nombres de los otros dos talleristas visibles...)

Fueron dos meses en los cuales, semanalmente, nos reuníamos a escuchar los conceptos de Edu y Ale respecto del arte de elaborar universos literarios verosímiles. De esa forma me enteré que el personaje es la fracción consciente del universo que estamos construyendo; que ambas partes, la consciente y la inconsciente, deben oponerse de alguna forma en el transcurso de la trama; que es necesario hacer fichas de los personajes, lo más completas posible (aunque el lector no llegue a leer todos esos datos, de alguna forma percibirá que es un "ser entero"); que el universo literario debe ser consistente y coherente, y que para ello se deben ensamblar con precisión las leyes reales y las inventadas por el escritor; que es imprescindible reescribir, una y otra vez, hasta que sintamos que el relato está acabado... Y un sinfín de consejos más.

De ese taller salió Reunión de consorcio, que ganó una mención en el Premio Andrómeda 2005, un relato que me enorgullece. Me pareció una buena idea mostrar el primer bosquejo del cuento (el texto que sigue debajo), sólo para ilustrar cuán importante es el trabajo del taller, pues verán que la narración original es muy distinta a su versión acabada, la cual es el producto de muchas, pero muchas reescrituras. Si se toman el trabajo de comparar, podrán darse una idea de lo que les digo.

Así que tallereen, que es lo mejor para aprender a escribir. Slds!!!

Reunión de consorcio

Dudé antes de cruzar el umbral de la puerta del ascensor. Me cercioré que no hubiera nadie en el palier. Una vez dentro, me vi reflejada infinitas veces en los espejos encontrados. La luz era lechosa, irradiada desde todas partes a la vez. Me pregunté una vez más que pasaría al oprimir el -1. El subsuelo. Era una posibilidad. Sencillamente había decidido ir al subsuelo porque todos aseguraban que el edificio no tenía subsuelo. Por alguna razón, la botonera del ascensor incluía el botón –1. Y por alguna otra razón, más extraña aún, en el edificio nadie parecía estar enterado de esa incongruencia. Ninguno de los viejos bulliciosos y medio sordos que vivían en los seis pisos nunca me había hecho algún comentario acerca del –1; salvo cuando le había preguntado a Gómez, mi vecino del 6°A, un viejo sesentón, engominado y mujeriego.

-¡No, pimpollo, no hay subsuelo en este edificio! ¡Je, je, je…! Lo que pasa es que pusieron la botonera de otro ascensor cuando colocaron este- Pimpollo. Viejo baboso…

No había subsuelo en el edificio. Bien. Por lo tanto no debía suceder absolutamente nada si pulsaba el –1. Apreté el botón.

El display de números rojos empezó a titilar. 5… 4… 3… Debía detenerse en la planta baja, pensé… 2… 1… Pero los números seguían trepando por el display… 0… y entonces hubo una trepidación muy leve… –1. Por fin. Noté que el corazón se me aceleraba.

Me miré en los espejos. La transpiración me chorreaba por la cara. Hacía mucho calor, un calor asfixiante. Antes de que se abrieran las puertas pasó una eternidad, luego hubo un leve siseo, y...

…Oscuridad y calor. Una amalgama intensa y dulzona de olores: sudor, humo, excrementos y orina. Unas lenguas de luz fluctuante se movieron, mostrándome el techo irregular de una cueva. Entonces escuché las voces. Era un idioma desconocido, hablado a gritos, y el volumen de las voces iba aumentado. Una llama se acercó rápidamente flotando en el aire. Resultó ser una tea que parecía venir cabalgando sobre el brazo de un hombre barbudo, semidesnudo, de quijada prominente, que corría apenas erguido, seguido por dos o tres mujeres sombrías, demasiado peludas, y con grandes senos colgantes, última impresión esta que se acentuaba por la posición encorvada. Todos los gritos iban dirigidos a mí, y aunque ininteligibles, sonaban muy amenazadores.

Apreté el botón de cierre, y antes que las puertas se cerraran por completo, pude ver a la luz trémula de la antorcha unos dibujos primitivos sobre las paredes de la cueva que lindaban con el ascensor. Figuras de cuadrúpedos perseguidas por bípedos armados con lanzas, o algo por el estilo. Los violentos golpes sobre la chapa de la puerta acerada me recordaron que debía salir de allí. Pulsé el 6.

Cuando el ascensor se detuvo, exhalé la respiración contenida. Los espejos me mostraban agitada.

Salí del ascensor y verifiqué que las puertas estaban abolladas. O sea que los golpes habían sido reales, al igual que los puños que las habían golpeado y los poseedores de esos puños; que suponía, tenían que ser los seres cavernícolas que había visto en esa cueva.

Ahora no tenía dudas. Sólo tenía que conocer el impacto.

Al día siguiente nadie hizo ningún comentario acerca las abolladuras en las puertas, lo que hizo que esperara un poco más.

Por eso me sentí aliviada cuando ese mismo día me citaron para participar de una reunión de consorcio. Llegado el momento, obviamente no tuve que relatar lo sucedido, porque todos los ancianos del edificio ya sabían que había bajado al subsuelo.

-Bueno, Miller, ahora usted comparte nuestro secreto más celosamente guardado- me dijo Enriqueta Kacheburskyj, la vieja polaca del 4°C, presidenta del consorcio. Tenía unos ojos de un verde lavado donde podía verse como asomaba la telaraña de unas cataratas incipientes. Debajo del pelo pajizo que en otro tiempo debía haber sido rubio, se extendía una maraña de arrugas mayoritariamente verticales. Supongo que es el resultado de un rostro curtido por la amargura. De brazos cruzados, y con señales visibles de profundo descontento por tener que develar un misterio arcaico, la vieja me miró fijamente por sobre los anteojos gruesos con marco de carey y siguió hablando- Usted pudo comprar el departamento 6°B gracias al señor Gómez, quien logró convencernos para que aceptáramos venderle el tres ambientes que había quedado disponible.

Más le valía que los convenciera después de tanto sacrificio. Desgraciado.

-Usted es la primera persona en muchos años que compra un departamento en este edificio. Tengo entendido que Gómez le informó detalladamente cuales son las reglas de este consorcio. Pero usted no podía quedarse quieta. Tenía que ir al subsuelo.

La polaca miró de reojo al viejo, quien, en contraste con ella, estaba arrugado horizontalmente, la frente como una persiana americana, seguramente de tanto reír, puesto que el viejo no podía decir dos palabras sin barbotar por el costado de la boca manchada su “je, je” irritante. De alguna manera, había un reproche insinuado para Gómez, puesto que yo era su protegida frente a los demás. A pesar de los recaudos que tomaba, todos sabían que era un pervertido. ¡Viejo asqueroso! A medida que iba confirmando mis sospechas, más ganas de liquidarlo me venían.

-Je, je, je… Miller, le dije que no había subsuelo en este edificio…

-Ahora debemos hacerla partícipe de este juego- continuó la vieja mientras se alisaba la pollera marrón y se acomodaba el pulóver escote en “v” color verde, bajo el cual asomaba una camisa abotonada hasta el cuello que había sido blanca, y que ahora amarilleaba por añeja- Dígame ¿por qué fue al subsuelo?

Todos los ancianos clavaron sus ojos cansados en mí. Me sentía como si estuviera rindiendo cuentas frente a mis treinta abuelos malhumorados por una travesura de nieta consentida. Me sonrojé.

-Sólo por curiosidad, señora…

-¿Sería usted tan amable de contarnos lo que vio?

-Pues… realmente no estoy segura de lo que vi…- Fingí que dudaba porque siempre es recomendable obtener más confirmaciones antes de actuar. Y porque quería indagar un poco más.

-Sólo cuéntenos. Sin temor.

-Bueno, tras las puertas del ascensor creo haber visto una cueva prehistórica…- dije, titubeando.

-Entonces el loop ha comenzado nuevamente- le dijo a la polaca un viejo de cuerpo menudo y enjuto, que ocultaba la calvicie bajo una boina grasienta y hablaba con acento inglés. Se llamaba O’Reilly.

Loop… Bingo. Pero quería averiguar un poco más.

Kacheburskyj ignoró al inglés, y me siguió interrogando.

-¿Pero vio alguna persona, MIller?- La voz de la vieja denotaba impaciencia.

-Pues… Sí, si. Al menos parecían personas. Un hombre con una antorcha y unas dos o tres mujeres. En realidad, su apariencia era la de hombres prehistóricos. Supongo que así se habrían visto los neandertales. Eran peludos, estaban casi desnudos, y hablaban (o mejor dicho, gritaban) un idioma gutural.

-¡Mujeres primitivas! ¡Eso si sería algo nuevo! Je, je, je…

-¡Basta, Gómez! Te recuerdo que tú insististe en meter a la joven en el edificio. Y espero que no intentes hacer lo que estás pensando con ese cerebro asqueroso. Miller, ¿no salió usted del ascensor?

-¡No! No tuve el valor…

-Entonces usted no trajo nada de ese sitio, ¿no?

-No.

-Bien- El alivio se pintó en la cara fruncida de la vieja polaca- ¿Podría alguien explicar a la jovencita de que se trata todo esto? Gracias.

Ahora venía lo bueno.

Todos esperaron en silencio, reticentes, hasta que bajo la mirada instigadora de Kacheburskyj, O’Reilly respondió a la pregunta:

-Ese ascensor es una especie de máquina del tiempo. Para ser exactos, se trata de un loop en el continuo espaciotemporal… Un ciclo que se repite infinitamente…

Y me soltaron una explicación aburridísima…

Que el dispositivo sustentaba un campo en el cual se había encapsulado un segmento comprimido del continuo espaciotemporal. Que ese segmento se reproducía una y otra vez, y que podíamos verlo como una película que se pasaba infinitas veces, sólo que ese flujo cronológico alterno discurría más velozmente que el tiempo normal. Que el segmento del continuo espaciotemporal que se repetía en el ascensor estaba comprendido entre algún día perdido en la prehistoria y el hoy. Que el loop se iba acrecentando día a día y cada vez se demoraba un poco más en completar el ciclo…

-Es como si la longitud de la cinta de esta película que se proyecta sin cesar fuera aumentando, entonces cada vez la película es más larga y hay más imágenes para mostrar- dijo en un momento el viejo llamado Cristóbal, del 3°C, mientras mordisqueaba su pipa. Buena analogía la de la película cuya duración aumenta.

Y me siguieron explicando que, sencillamente, había que saber con precisión en que momento apretar el -1, para caer en el “cuando” buscado. Un error de segundos podía costar años enteros. En cuanto al “donde”, se utilizaba también la botonera para ingresar las coordenadas del lugar al que se quiere arribar, pero con códigos más complejos… En fin, me sentía una estúpida al fingir asombro. Recuerdo que el escocés se acomodaba continuamente la boina y Cristóbal mordía ansiosamente su pipa mientras disertaban. Por último habló la vieja polaca.

-Creemos que se trata de un artefacto que ha sido olvidado en el pasado de alguna civilización muy avanzada (que, suponemos, es nuestro presente) por alguna causa que no conocemos. Todo esto lo hemos deducido al leer las instrucciones que hemos hallado en una placa de titanio oculta en un panel del ascensor.

Pregunté:

-¿Qué esperan de mí, al contarme todo esto?

-Su complicidad para seguir manteniendo en secreto el uso que le damos al ascensor. ¿Nunca se ha preguntado Miller porque somos todos ancianos en este edificio? Seguramente que sí. Ahora responderé yo a su interrogante…

Pero no estaba dispuesta a oír más explicaciones. Levanté mi mano derecha y tracé un arco en el aire con la palma abierta… El congelador. Todos los viejos se quedaron duros, petrificados. Sólo desperté a la polaca, pero la dejé inmovilizada. Puse mis anulares sobre sus ojos gastados. Su mirada decía que estaba asustada. Su mente era como un ratón desquiciado corriendo de un extremo a otro en una jaula estrecha. Sé que es duro estar consciente en medio de la cronosuspensión. Pero la vieja era fuerte, iba a aguantar. Y yo necesitaba saber.

Cerré los ojos. Las imágenes empezaron a fluir velozmente por mi cerebro. Demasiado rápido. Presione suavemente sobre las órbitas de la vieja. Me relajé. Entonces el flujo aminoró. Y empecé a escuchar la voz interna de la polaca…

Todos somos supervivientes… mmm… Yo escapé de Auschwitz en 1943… Oh, Dios. O’Reilly del Titanic…. 1912… mm-mmm… Cristóbal Blatter del zeppelín Hindenburg… 1937… Don Osvaldo Lepori de la ESMA…. Gobierno militar año 1977… Oh, Dios, oh Dios. Que me está haciendo… mmm-m… Augusto Bercozzi, ex policía asesinado en un asalto… 1955…. Elena Gregorio, un ómnibus sin frenos… 1962… González, baleado en un cabaret… 1935… Por Dios, que me está haciendo… m-m-mmm-m…

Seguí sondeando, seguí sondeando, hasta que en lo profundo hallé un núcleo luminoso. Me sumergí en él…

Mi nieta, Olga Kacheburskyj… m-mm-m-mmm….

Abrí los ojos. Ahí estaba la nieta, sentada en un sofá. Una de las viejas que había congelado. Sus ojos eran verdes como los de la polaca… Volví a cerrar los míos antes que el flujo se debilitara. Presioné un poco más sobre las cejas de la vieja, y entonces también gusté, palpé y olí. Logré entonces una empatía casi completa. Ahora a través del estrecho vínculo abuela-nieta, yo podía ser la nieta de Kacheburskyj…

Bajo al subsuelo en el ascensor… las puertas se abren… atravieso el esfínter en el espaciotiempo… Oh, Dios… No por favor… Por favor… qj-quej-qjj… me meto en la cámara de gas… Que horror, que horror… Dios ayúdame a encontrarla… la busco entre los cuerpos flacos y desnudos… qq-qejq… todos me aferran y piden ayuda… entre los gritos de horror… ahí está mi abuela… por Dios… parece asfixiada… qj-quej-qjq…

Hubo un destello, y fui expulsada del núcleo. Estaba llevando a la vieja al límite de su resistencia emocional. Pero insistí un poco más. Ahora yo era la Enriqueta Kacheburskyj de 1943…

Me ahogo, por Dios, me ahogo… oscuridad, luz, oscuridad… mm-mmm-m… veo a una joven que se acerca… me carga al hombro sin mucho esfuerzo… y traspasamos un umbral… m-mm-mmm…

Luz… y oscuridad nuevamente… Y ahora yo era la Enriqueta Kacheburskyj del presente…

Qué pesadilla para mi chiquita… Y ahora usted, Miller, tiene el privilegio de conocerme…

Me sobresalté. Extrañamente, la voz interna de la vieja empezó a dirigirse a mí, hablando sin tartamudeos. Era rara la sensación de desdoblamiento. Por un momento pude sentir como la figura borrosa que tenía enfrente de mí me oprimía la cabeza con sus dedos. Eso sólo podía significar una sola cosa: me había sobrepasado. La había matado, y los vestigios de su energía psíquica discurrían ahora sin sufrir las distorsiones de una plataforma orgánica. Ya no había cerebro, ya no había cuerpo, e instintivamente y sólo por un segundo, mi cuerpo tendió a cobijar esa energía. La liberación del alma. Tenía que aprovechar esa última inercia. Apreté con más fuerza sobre sus ojos verdes, ahora sin vida, y me dolieron los párpados, pero la vieja me habló…

Según los registros yo estoy muerta. Pero ya ve, hemos infringido las leyes del destino. Todos nosotros somos infractores. Somos una anomalía. No sólo nosotros, que regresamos de la muerte, sino también los rescatadores. Mire a mi nieta. Tiene treinta años, pero parece una vieja. Es el altísimo precio que pagó por rescatarme. Esos minutos de tiempo comprimido en Auschwitz significaron varias décadas para su cuerpo. En mi caso, tenía veinticinco cuando estaba muriendo en la cámara de gas, han pasado más de catorce años desde mi rescate. Por lo tanto hoy tengo treinta y nueve años. Pero también luzco como una anciana. El traspaso por el esfínter espaciotemporal me avejentó casi instantáneamente, a causa de las severas distorsiones fisiológicas que produce el disloque cronológico. A todos los rescatados nos pasó lo mismo. Aunque no nos podemos quejar. Fuimos devueltos a la vida para vivir una vejez prematura, pero estamos vivos al fin de cuentas. Y en cierto modo, hasta podríamos decir que somos felices…Todos en este consorcio podríamos contarle una historia parecida… Nuestros hijos, sobrinos, y nietos, los habitantes originales de este edificio, hallaron la inscripción en el ascensor, y pusieron en marcha el dispositivo. Ellos nos rescataron, jovencita. Nos rescataron de la muerte… Porque nosotros deberíamos estar muertos, Miller… Yo fui la primera. Y luego mi nieta y yo organizamos los siguientes rescates. Nos rebelamos al destino de muerte…

Y el flujo se agotó, diluyéndose suavemente, y el ente que había sido Enriqueta Kacheburskyj se integró al tejido universal del continuo; como si una paz infinita se abatiera sobre ella y por fin fuera absuelta de su pecado: cambiar los designios de… ¿el destino…? ¿Dios…?

Retiré mis anulares de su cabeza, y el cuerpo se desplomó inerte sobre la alfombra. Todos los viejos seguían congelados, duritos. Había averiguado todo lo que quería saber. Actué rápidamente, ya nada tenía que hacer allí. Salí del departamento en el cual estábamos reunidos. En cada piso coloqué explosivos en las puertas del ascensor. Por último retiré la placa de titanio que, efectivamente, estaba escondida debajo de uno de los paneles.

Tuve que refrenar las lágrimas al pensar en la vieja y su nieta; y en las otras historias, que no conocía, pero que podía entrever. Los viejos que habían muerto, y sus hados que los rescataban antes de morir usando el ascensor. Uso novedoso, por cierto, para un transpositor espaciotemporal.

Aún faltaba una cosa más. Me acerqué a Gómez. Sin descongelarlo, lo desperté. Le bajé los pantalones y le vacié el cargador en la entrepierna, mirándolo a los ojos aterrados con toda la furia de la que fui capaz.

-¡Viejo asqueroso, viejo asqueroso…!

Sintiéndome un poco mejor, bajé por las escaleras y salí a la calle. El día era soleado. Me decidí firmemente a no acatar nunca más órdenes que me rebajaran. Ningún maldito transpositor olvidado por los estúpidos de Logística valía tanto como para que me dejara violar por ese viejo cerdo para poder entrar en el edificio… Pero, claro, debemos evitar a cualquier precio que nuestra tecnología sea usada inadecuadamente por los primitivos… Idiotas.

Supe luego que la explosión se había escuchado a cincuenta cuadras de distancia. No aguante más y lloré.